
Por: Sheila Brito
La gestión del Metro de Santo Domingo vuelve a colocarse en el centro del debate público, no por avances, sino por fallas que reflejan una preocupante falta de eficiencia y gerencia. Un sistema de transporte masivo no puede operar bajo la lógica de la improvisación, requiere planificación constante, mantenimiento preventivo y una estructura administrativa que anticipe los problemas antes de que impacten a la ciudadanía.
Cada interrupción del servicio deja al descubierto debilidades que van más allá de lo técnico. No se trata únicamente de fallas eléctricas o mecánicas, sino de una gestión que no logra garantizar continuidad ni confianza. Y cuando el Metro falla, quien realmente paga las consecuencias es el ciudadano de a pie.
La falta de gerencia no solo genera molestias, golpea directamente el bolsillo de los dominicanos. Cada suspensión del servicio obliga a miles de usuarios a buscar alternativas de transporte más costosas, duplicando o triplicando sus gastos diarios. A esto se suman retrasos laborales, pérdida de tiempo productivo y un impacto acumulativo que termina afectando la economía familiar. La ineficiencia, en este contexto, tiene un costo real y tangible.
Pero hay un elemento aún más preocupante, la ausencia de comunicación efectiva. Si el sistema iba a estar fuera de servicio un lunes, uno de los días de mayor flujo, surge una pregunta inevitable: ¿dónde estuvo el personal responsable de informar a tiempo? La falta de aviso no solo evidencia desorganización, sino una desconexión con la realidad de los usuarios que dependen del servicio para cumplir con sus responsabilidades diarias.
La solución no es compleja, pero sí requiere voluntad y disciplina institucional. Los mantenimientos deben realizarse en horarios que no afecten a la población, como la madrugada, y deben ser comunicados con antelación y claridad. Más importante aún, deben responder a una planificación seria, no a reacciones tardías ante fallas inevitables por descuido.
Un sistema de transporte no se mide por su infraestructura ni por su modernidad, sino por su confiabilidad. Y esa confiabilidad solo se construye con gerencia responsable, visión técnica y respeto al ciudadano. El Metro no puede seguir siendo una incertidumbre diaria, debe convertirse en una garantía para quienes sostienen, con su trabajo, el ritmo de la ciudad.